Nº 7

El Chasqui
Córdoba, 22 de abril de 2007
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La Tumba de Jesús
Por Diana R. García B.
Fuente: www.elobservadorenlinea.com


Quien haya creído que «la tumba perdida de Jesús» (según James Cameron, cineasta ganador del Oscar por Titanic) es el más grande y revolucionario hallazgo de la arqueología, capaz de acabar de una vez por todas con la «farsa» de la resurrección de Cristo, anda atrasado en noticias: a lo largo de los siglos se han descubierto numerosas «tumbas de Jesús», amparadas siempre por «expertos». Sin embargo, a la Iglesia verdadera nunca se le ha perdido ninguna tumba, y ni siquiera se ha tambaleado con estas «novedades».

Pues sí: hay una buena colección de tumbas de Jesús por todo el mundo.

El Evangelio refiere que Cristo fue sepultado en Jerusalén, en una tumba cercana al sitio de la crucifixión, es decir, al Gólgota. Pues bien, el sitio que hoy es designado como el Santo Sepulcro se encuentra muy próximo al Gólgota.

Tras de que los romanos destruyeran Jerusalén, construyeron en el año 135, por órdenes del emperador Adriano, un templo sobre el Santo Sepulcro para dar culto a la diosa Venus. Pero en el siglo VI, santa Elena, madre del converso emperador Constantino, se dirigió a Jerusalén en busca de la tumba.

Fueron los propios cristianos de Jerusalén quienes persuadieron a santa Elena de que buscara la tumba bajo el templo de Venus. Si ellos sabían que el Santo Sepulcro estaba ahí era debido a una larga y consistente tradición.

El exitoso trabajo arqueológico fue registrado hacia el año 340 por el historiador Eusebio de Cesarea. Desde entonces, la descubierta tumba ha sido reconocida por la Iglesia como el sepulcro que albergó a Cristo antes de resucitar. Ortodoxos, sirios, armenios y coptos también lo consideran así.

Aquí debería acabar la historia, pero lamentablemente no ocurre de esta manera. Veamos los relatos de otras tumbas:


La tumba del jardín

Nuestros hermanos separados, siempre expertos en separación, han decidido hacerlo también en cuanto a aceptar el Santo Sepulcro; así, la mayoría de los protestantes modernos -y algunos no cristianos, como los mormones- prefieren la llamada Tumba del Jardín, situada en las afueras de la Puerta de Damasco de la ciudad de Jerusalén. Este lugar, un sepulcro tallado en la roca, fue propuesto en 1885 por Charles Gordon como «la tumba de Jesús»; pero la verdad es que carece de credibilidad histórica.


En Cachemira

En la ciudad de Srinagar, en Cachemira (india), existe otra «tumba de Jesús». Este lugar se hizo más o menos conocido gracias al libro que Andreas Faber-Kaiser lanzó en 1976: «Jesús vivió y murió en Cachemira».
Para trasladar a Jesús tan lejos era necesario crear toda una historia, y ésta fue la elegida: que Jesús sí fue crucificado, pero nunca resucitó porque no se alcanzó a morir, sino que, cuando José de Arimatea lo bajó de la cruz, Cristo aún estaba vivo. Tras reponerse de sus heridas, el Mesías huyó al norte de la India, donde pensaba encontrar nada menos que a las diez tribus perdidas de Israel (¡zas!). Allí tuvo hijos con una mujer -¿se casaría con ella?- y murió de muerte natural a una edad muy avanzada.
Las pruebas que esgrimen los entusiastas de esta «tumba de Jesús» es que desde hace 1900 años se venera ese sepulcro como tal; que hay un hombre llamado Basharat Saleem que afirma ser el descendiente vivo de Jesús (si alguien dice ser descendiente del monstruo del lago Ness, ¿por sólo decirlo se convierte en verdad?), y que hay indicios (¿cuáles?) de que alguien muy parecido a Jesús predicó por aquella región.


Más lejos aún: Japón

Una de las versiones más extravagantes es la que sitúa la tumba de Jesús en Japón, pues ¿puede haber algo más ajeno a los escenarios bíblicos que aquella nación?
Pues bien, a pesar de todo, en un pequeño valle del norte de Shingo, hay un bosque donde se venera una modesta cruz de madera colocada sobre un montículo de tierra, y en la cruz está grabado el nombre de Cristo. Aunque nunca se ha excavado en ese el lugar (por lo que se ignora si al menos hay ahí algún cuerpo humano enterrado), en el camino hay una señalización que indica que ahí está la «tumba de Cristo». Se supone que aquel supuesto sepulcro tiene 2000 años de antigüedad, y es visitado anualmente por unas 40 mil personas.

Para promover un peregrinaje así es necesario crear una trama, por lo que el anciano lugareño Sajiro Sawaguchi salió al rescate (¡por supuesto, es el dueño del terreno que alberga la «tumba»!). Así es el cuento:
En 1935 un hombre llamado Kiyomaro Takeuchi descubrió un documento que resultó ser ni más ni menos que el testamento de Jesús, en el que se menciona que Shingo fue el lugar elegido para que reposaran los restos del Mesías. Pero, claro, el Gobierno prohibió que se divulgara el contenido del documento dadas las repercusiones mundiales que tendría.
Para que Jesús eligiera ese sitio hacía falta que lo conociera, así que fue necesario introducir en la historia que Cristo vivió parte de su vida oculta en Japón, a donde habría llegado cuando tenía 21 años de edad.
Y aquí viene lo «mejor»: Jesús regresó a territorio judío para completar su misión, pero Isukiri, su hermano gemelo (¡sí, leyó bien!) lo reemplazó en la Pasión, por lo que Jesús pudo regresar a Japón, donde murió a los 114 años, casado, con tres hijas y cultivando arroz.


Faltaban los templarios

Como los templarios -no los históricos, sino los inventados- están de moda, no puedo dejar de nombrar la «tumba de Jesús» de Rennes-Le-Château, Francia.

Se trata de un pueblito con un simpático castillo, a donde se supone llegaron los templarios encargados de trasladar el cuerpo de Cristo(¿y la Resurrección?)desde Tierra Santa hasta esta zona del Languedoc para ponerlo fuera del alcance de los musulmanes.

Ahí, en un paraje escarpado, hay una tumba «extraña». Por otro lado, Nicolas Poussin, pintó en 1840, en Roma, su obra titulada «Los Pastores de la Arcadia», que muestra una tumba muy parecida a la de Rennes-Le-Château, y tiene la inscripción «Et in Arcadia ego». Se supone que fue borrada una palabra de la pintura, de manera que originalmente decía «Et in Arcadia ego sum», lo cual es un anagrama de «Arcam dei tango Iesu», que significa «He tocado la tumba de Jesús». Conclusión: la tumba de Rennes-Le-Château es el «verdadero» sepulcro de Jesús.

En fin, no cabe duda de que el ser humano puede tener una imaginación prodigiosa.

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