Nº 12

El Chasqui
Córdoba, 8 de octubre de 2007
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Los piratas se extinguieron por su falta de fe
por Maite Gacho Muñoz

Fuente:www.alfayomega.es


Mucha tinta ha corrido a propósito de la leyenda de los corsarios. Don Juan Galbisde la Mora, profesor de Historia en el Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala, ofrece una versión algo menos romántica sobre los piratas berberiscos. Nutrieron sus filas muchos renegados del cristianismo, que aspiraban a hacer fortuna rápida.

El profesor Galbis de la Mora se ha lanzado a la aventura de desentrañar qué hay de cierto y de leyenda en la mítica imagen popular del corsario. Para ello, se ha zambullido en los océanos de la Historia comprendida entre los siglos XV al XIX, durante los cuales se forjó la leyenda de los piratas berberiscos que lucharon por la hegemonía del Mediterráneo a favor del Imperio Otomano.

El siglo XV supone para Europa el principio de una etapa de transición de la Edad Media a la Moderna. Son tiempos convulsos, de búsqueda de identidades, de nuevas fronteras, y, sobre todo, de muchos cambios. A partir de entonces, como afirma el señor Galbis, «la dimensión del Mediterráneo como frontera de dos mundos, el cristiano y el islámico, va a prevalecer sobre la condición que siempre tuvo de vehículo de intercambio y aproximación entre los hombres». España encabezó la oposición cristiana al avance musulmán, llegando a su mayor éxito en 1571 con la batalla de Lepanto.
Esta victoria-dice el profesor- «supuso la salvación definitiva de Europa ante la expansión turca por mar. Sin embargo, aunque se frenase la guerra mayor, la guerra menor contra la piratería berberisca continuaría durante siglos, hasta la ocupación francesa de Argel, en 1830».

Juan Galbis comenta que el corso aún guardaba un importante as en la manga: «No sólo se encontraba bajo el amparo del turco, sino que contaba con una gran abundancia de recursos humanos que la cristiandad no poseía». La explicación es simple: «El Islam admitía a todo aquel que renegase». Y así, entre los grupos que engrosaban las filas de los corsarios, destacaban no sólo los moriscos expulsados de España y los esclavos raptados mediante el sistema jenízaro, sino que «los renegados del cristianismo nutrieron las filas de la piratería berberisca, constituyendo el colectivo más numeroso de todos. Esto ocurría la mayoría de las veces por coacción, para evitar los suplicios del cautiverio, pero otras muchas también voluntariamente».

¿Qué podía mover a un cristiano a renegar de su fe y perder sus raíces, familia, los amigos y la salvación del alma? Galbis recuerda que «la piratería era una manera fantástica de enriquecerse a costa del pillaje. Algunos de estos hombres alcanzaron grandes botines y la cima del poder». La leyenda debió resultar muy interesante para aquella parte desarraigada de la población que vivía en la miseria. Sin embargo, como suele ocurrir con las leyendas, la realidad quedó a cierta distancia. Galbis recuerda que «el grupo más numerosos de estos renegados no fue el de los que alcanzaron riqueza, fama y altos puestos, sino el de los que se acabaron integrando en la sociedad musulmana con mejor o peor fortuna. Muchos de estos desarraigados carecían de la menor fe, y fue esta ambigüedad religiosa la que haría que terminaran mereciendo muy poco respeto a los propios mahometanos».

Por otro lado, el destino tampoco les fue muy grato a los que sí llegaron a ser temidos corsarios, pues cuando el Imperio Otomano comenzó su declive en el siglo XVIII, este colectivo «entró en absoluta decadencia, provocando el desprecio y el rechazo de los mismos turcos». Es por esto que Galbis sentencia que el final de los piratas fue «el final merecido y lógico, que espera, ayer y hoy, a toda comunidad que, ignorando sus orígenes, pretenda prolongarse en la historia sobre los cimientos del relativismo, la infidelidad y la traición».

Lejos de la libertad con la que siempre se les ha representado, los piratas fueron esclavos del dios poder y de la diosa riqueza; hipotecaron su identidad por una leyenda que fue su sentencia de extinción, y que, con el tiempo, fue naufragando de la Historia para arribar a las licenciosas playas de la literatura o al no menos lucrativo puerto de las taquillas de Hollywood.

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