Nº 49: Mayordomo


por el Padre Raúl Hasbun
(Chile)

Es el servidor principal a cargo del gobierno doméstico. Se encarna clásicamente en el “Perkins” británico : hombre de absoluta confianza de Milord y Milady, caracterizado por su férrea lealtad, impenetrable mutismo sobre lo visto y oído e impecable corrección en el vestir y hablar. Esta posición privilegiada en cuanto a información y autoridad suele convertirlo en el primer sospechoso de crímenes, abusos y filtraciones tanto en el mundo novelesco como en el real.

El atractivo fatal del dinero, la fama y el poder tienta a mayordomos insignes a violar la confidencialidad y vender sus secretos. Los publica como “Memorias” o se los entrega a un reportero, en una suerte de prostitución de la conciencia moral. El que compra y el que lee presumen de derecho que lo allí revelado es verdadero y fidedigno. Y el violador de la propia conciencia queda elevado a la categoría de un combatiente y testigo de la verdad, a quien se debe público reconocimiento por su coraje desmitificador. Si quienes lo distinguieron por años con su confianza intentan desmentir sus dichos o acogerse a un digno, elocuente silencio cobrará fuerza una segunda presunción: los dueños de casa están atrapados sin salida.

En los relatos evangélicos. Jesús hace un elogio del mayordomo bueno y fiel, a quien su señor deja a cargo de la casa y de la servidumbre, para que entregue a cada quien su ración y salario, tome providencias contra el ladrón y esté siempre preparado, las luces encendidas, en espera de que su amo retorne. También esboza la imagen contraria, del irresponsable que en ausencia de su señor maltrata a los criados inferiores, celebra orgías y descuida sus deberes, hasta que el dueño de casa retorna en el día y hora menos pensados. Entonces el castigo será proporcional a su irresponsabilidad, imprevisión y traición: se le recluirá “al lugar de los hipócritas” ( Mateo 24,51).

Cuando Cristo mismo juzgó cercana su partida, decidió dejar un mayordomo a cargo de su casa: la Iglesia. Y eligió a Pedro. A él le entregó las llaves, símbolo de autoridad doméstica. Y con las llaves, una suerte de poder en blanco : “lo que tú ates, lo que tú desates en la tierra, atado y desatado quedará en el cielo”(Mateo 16,19). Este mayordomo de la casa de Cristo comenzó de la peor manera. Intentó disuadir a su señor de encaminarse a la cruz ( le valió ser reprochado con un “Vade retro, Satanás!”). Dudó de su palabra al caminar sobre el lago. Renegó tres veces, con juramento, siquiera conocerlo. Creyó locas a las mujeres que lo vieron resucitado. Ninguno de estos desvaríos, incoherencias y traiciones quedó encubierto : los evangelistas, contemporáneos del mayordomo, los consignaron por escrito. Y Cristo lo confirmó en su cargo. Este mayordomo es piedra de Roca. Mentira e hipocresía no prevalecerán contra su casa.

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