Nº 41: El abrazo de Caín

El Chasqui Nº 41
Córdoba, 23 de junio de 2010
Año del Bicentenario
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El abrazo de Caín
por Cipriano Sánchez
Fuente: Análisis y Actualidad

Madrid, 18 de junio. El niño de infancia pobre y pies descalzos, hijo de campesinos sin tierra; el comunista libertario que abrazó con igual intensidad sus ideales y las palabras, José Saramago falleció este viernes en su casa de la isla canaria de Lanzarote.
José Saramago simboliza al hombre moderno que quiere, o intenta, inventarse a sí mismo, posiblemente, como rechazo a la propia realidad. Su último libro titulado Caín y su primer libro titulado Tierra de pecado, dan la impresión de que se encontraba encerrado en un dilema de imposible solución: la maldición de la tierra y la dificultad de reconocerse aceptado por Dios.

“Quería escribir sobre algo que sigue siendo para mí incomprensible y dado el comportamiento de Dios en una situación como esa, se repite a lo largo de la Biblia, la misma indiferencia y también la misma crueldad, es por eso que digo que Dios no es de fiar” (José Saramago).

La metáfora bíblica es buscada por el escritor portugués, pero, misteriosamente, no es capaz de entrar en ella. En la Escritura, Caín no es rechazado por Dios, sino puesto a prueba, como Adán. Caín es llamado a amar a Dios, a pesar del aparente desagrado de los frutos que Dios mismo le da. La Biblia nos habla de Dios que acepta con más satisfacción la ofrenda de Abel, no de que rechaza la ofrenda de Caín.

El problema es cómo Caín enfrenta el misterio de un Dios escondido. Caín no se mantiene en la búsqueda de Dios, como lo harán otros personajes de la Biblia, desde Abraham hasta Pedro. Caín, ante el silencio de Dios, baja la cabeza y permite el resentimiento en el corazón. Más aún, pretende solucionar su problema eliminando a su hermano. La búsqueda se fosiliza en el corazón, eliminando al que podría ser un motivo de pregunta sobre sí mismo.

Dios no abandona a Caín, le dice: no te rindas ante el misterio del mal, más bien lucha en contra del mal. Pero Caín no ve el camino de salida: la realización del ser humano no está -ni siquiera- en el aplauso de Dios, sino en las buenas obras que nacen del dominio del mal en el propio corazón.

Esta podría ser la radiografía de Saramago, quien quizá, por su historia, (infancia pobre y pies descalzos, hijo de campesinos sin tierra) nunca vio una respuesta al mal por parte de Dios, y buscó una solución en el materialismo histórico marxista, para darse una explicación racional.

Saramago, como Caín, se resintió y eso le impidió levantar la cabeza hacia el bien que está más allá de la historia personal. El rechazo a la Iglesia es insignificante ante una imposibilidad como ésta. Él decía que Dios era el silencio del universo y que el hombre era el grito del universo. Al hombre de Saramago, al no encontrar una contestación en Dios, sólo le quedaba su propio grito.

Con todo, Saramago se olvidó de algo. La réplica de Dios al mal no es la destrucción, sino la misericordia. Es la respuesta hacia Caín, supuestamente rechazado por su creador y asesino de su hermano. El corazón de Dios también estaba inclinado hacia Caín. Los brazos de Dios también lo protegieron como hijo suyo. Esto es lo que Saramago no vio en la tierra y se habrá encontrado en la eternidad al descubrir el modo en que Dios habla en el universo. Dios habla con un lenguaje que los hombres no siempre entendemos, porque habla con el silencio del amor que abraza.

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